El invierno se había instalado ya en aquellos parajes. Eran días fríos, con vientos gélidos y un cielo gris intenso. El viento ululaba por los costados del viejo camino.
Eran tierras rodeadas de murallas imaginarias de leyendas tenebrosas arraigadas en la mente fantástica de las almas de los habitantes de aquel recóndito lugar.
Eran tierras sagradas, tierras ya olvidadas por las almas penitentes.
Un nuevo día despuntaba en el horizonte, uno más inmerso en el susurro de las voces inquietantes que ondeaban con el viento.
Voces… simples voces de habitantes de las tierras lejanas del paraje del mas allá, de las tierras sin nombre.
Una de esas tantas frías noches del cuarto mes, del ciclo de la séptima luna, cuatro almas, hasta entonces desconocidas cruzaron azarosamente su camino.
Un monje heraldo, un sabio cabalista, un alquimista y una anciana hechicera se congregaron junto al fuego chispeante de la llama candente que ilumina la entrada de la ya derrumbada construcción de la vieja fortaleza del Oráculo de los Dioses .
Dioses antiguos de las altas tierras del cielo, de las profundas tierras del inframundo de los que ya no están y de las tierras sembradas de los hombres que transitan los caminos que forjan con cada paso de su andar errante cada nuevo amanecer-
Cuatro seres peregrinos de esta vida. Cuatro seres con un mensaje que transmitir. Cuatro seres…. Un destino.
El monje llego navegando con las olas de los mares del norte, el sabio empujado por los vientos huracanados del sur, el alquimista siguiendo el sol naciente del este y la anciana acompañada de la estela que deja la luna al esconderse en su refugio de los acantilados de las tierras del oeste.
El monje llevaba consigo una saca llena de viejos y añejados pergaminos y un mazo de cartas, el sabio cabalista escondía bajo su brazo un pequeño cofre de fino metal labrado, con brillantes piedras incrustadas a sus costados. En el custodiaba los susurros de grandes secretos de la historia del mundo terrenal y del éter que lo rodea.
El alquimista cargaba una bolsa tejida de arpillera en la que guardaba celosamente piedras de variadas formas y una paleta de colores para pintar el aura de las personas.
La dulce anciana con su lento caminar avanzaba apoyando su cansado cuerpo en un bastón del cual pendían tres bolsitas de lienzo en las cuales guardaba ingredientes para preparan pociones mágicas para el alma y el corazón.
Cuatro corazones …….un misterio para descubrir, una nueva vida por nacer.
Eran tierras rodeadas de murallas imaginarias de leyendas tenebrosas arraigadas en la mente fantástica de las almas de los habitantes de aquel recóndito lugar.
Eran tierras sagradas, tierras ya olvidadas por las almas penitentes.
Un nuevo día despuntaba en el horizonte, uno más inmerso en el susurro de las voces inquietantes que ondeaban con el viento.
Voces… simples voces de habitantes de las tierras lejanas del paraje del mas allá, de las tierras sin nombre.
Una de esas tantas frías noches del cuarto mes, del ciclo de la séptima luna, cuatro almas, hasta entonces desconocidas cruzaron azarosamente su camino.
Un monje heraldo, un sabio cabalista, un alquimista y una anciana hechicera se congregaron junto al fuego chispeante de la llama candente que ilumina la entrada de la ya derrumbada construcción de la vieja fortaleza del Oráculo de los Dioses .
Dioses antiguos de las altas tierras del cielo, de las profundas tierras del inframundo de los que ya no están y de las tierras sembradas de los hombres que transitan los caminos que forjan con cada paso de su andar errante cada nuevo amanecer-
Cuatro seres peregrinos de esta vida. Cuatro seres con un mensaje que transmitir. Cuatro seres…. Un destino.
El monje llego navegando con las olas de los mares del norte, el sabio empujado por los vientos huracanados del sur, el alquimista siguiendo el sol naciente del este y la anciana acompañada de la estela que deja la luna al esconderse en su refugio de los acantilados de las tierras del oeste.
El monje llevaba consigo una saca llena de viejos y añejados pergaminos y un mazo de cartas, el sabio cabalista escondía bajo su brazo un pequeño cofre de fino metal labrado, con brillantes piedras incrustadas a sus costados. En el custodiaba los susurros de grandes secretos de la historia del mundo terrenal y del éter que lo rodea.
El alquimista cargaba una bolsa tejida de arpillera en la que guardaba celosamente piedras de variadas formas y una paleta de colores para pintar el aura de las personas.
La dulce anciana con su lento caminar avanzaba apoyando su cansado cuerpo en un bastón del cual pendían tres bolsitas de lienzo en las cuales guardaba ingredientes para preparan pociones mágicas para el alma y el corazón.
Cuatro corazones …….un misterio para descubrir, una nueva vida por nacer.


